Viajamos hoy a tierras cervantinas (quijotescas, más concretamente), al norte de la provincia de Ciudad Real. Al encontrarse en una ruta importante (la que une Madrid con Andalucía) se convirtió en lugar de ventas y posadas.
No fue allí en donde Don Quijote fue armado caballero, según nos dicen los estudiosos, pero sí donde acaeció la primera de sus aventuras.
No quiso desayunarse don Quijote, porque, como está dicho, dio en sustentarse de sabrosas memorias. Tornaron a su comenzado camino del Puerto Lápice, y a obra de las tres del día le descubrieron.
—Aquí —dijo en viéndole don Quijote— podemos, hermano Sancho Panza, meter las manos hasta los codos en esto que llaman aventuras.
Don Quijote de la Mancha, Parte 1, Capítulo VIII
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La Plaza de la Constitución nos regala un viaje en el tiempo, y bien poco cuesta imaginarse al caballero y al escudero por estas tierras. Pero no solo tenemos esto aquí: molinos de viento -el acertado era Sancho, porque son realmente gigantes- o incluso un área de especial protección para el lince ibérico, ese felino maravilloso que vamos a conseguir salvar de la extinción.