Esta teoría, descrita -no sé si inventada- por el escritor estadounidense David Sedaris nos cuenta que en nuestra vida tenemos cuatro hornillos que -idealmente- habría que mantener encendidos: familia, trabajo, salud y amigos.
Inconvenientes:
Es imposible tener todos a pleno gas.
Si quieres tener una vida equilibrada, debes tener todos encendidos.
Si quieres destacar en algo, debes apagar un hornillo.
Si quieres ser excepcional en algo, debes apagar dos hornillos.
Aunque parece que en nuestra sociedad hay un cierto consenso en los problemas de la educación que reciben nuestros hijos, no lo hay ni en el apoyo al profesorado ni en la iniciativa para actuar de forma global en la defensa de esa educación.
En los últimos días se ha producido, al menos en nuestra zona (Moaña y entorno) un cambio que me parece necesario, inteligente y adecuado: alejarse del paraguas de unas siglas -no puedo aplaudir lo suficiente esto- e independizar esta lucha por mejorar la educación de la defensa de las condiciones laborales de nuestros profesores. Es decir, ni las movilizaciones son bajo siglas (con sus casi inevitables connotaciones políticas) ni buscan las mejoras laborales de los profesores, sino que se centran exclusivamente en que nuestros jóvenes tengan la educación que merecen y necesitan.
Para ello se están realizando asambleas, abiertas a todos, tanto en los institutos como en el colegio de Reibón. Como digo, no solamente para los miembros del centro, sino para toda la comunidad educativa, sea o no del centro que presta su espacio.
Como parte de estas movilizaciones, el próximo miércoles 25 de febrero, a las 19.30, está convocada una manifestación en Cangas. Sabed que -si queréis y podéis- estáis invitados tanto a la manifestación como a las asambleas (también, por supuesto, a organizar vuestras propias asambleas en vuestro colegio de referencia).
Cuando, en el verano de 1472, en el segoviano pueblo de Aguilafuente tuvo lugar el sínodo diocesano convocado por el obispo Juan Arias Dávila, se estaba poniendo, sin saberlo, la primera piedra de una obra que duraría -que dura- durante siglos.
El registro de aquella reunión de obispos fue el primer libro impreso en España -no voy a entrar en este post en que aquello no era aún España- con la casi recién inventada imprenta que cambió el mundo. También fue el primer libro impreso en castellano. Ya que todavía es del siglo XV es, por tanto, un incunable.
El ejemplar -un libro de 48 hojas- se conserva en la catedral de Segovia, junto con otras obras del mismo impresor, Juan Parix de Heidelberg.
Cada año, en junio, se conmemora en Aguilafuente ese sínodo y la impresión de ese sinodal que fue la primera de una lista infinita de obras. Si teneis la ocasión, os animo que os acerquéis al pueblo -sea o no junio- y a completarlo con una vista a la Dama de las catedral para contemplar la obra impresa.
Esta joya, desgraciadamente famosa en estos días a raíz del desmoronamiento de su ábside, fue construida entre los siglos XI y XII y es un magnífico representante del mudéjar, de ese románico de ladrillo resultado de la mezcla de talentos y espiritualidades cristianos y musulmanes.
Ábside – Fundación Joaquín Díaz
Consta de una torre exenta, no muy habitual en estas tierras. Se considera que su función era defensiva, como parte de un complejo religioso-militar templario.
Tomemos un número cualquiera: cojamos cada una de sus cifras, elevémoslas al cuadrado y sumemos. Repitamos la operación hasta entrar en un bucle o llegar a 1.
Si esa secuencia llega a 1, hablamos de un número feliz.
La joya del mozárabe que es la iglesia del monasterio de San Miguel de Escalada la asociaré siempre a un maravilloso concierto de @amancio_prada (en 1991, casi nada) con motivo del cuarto centenario del fallecimiento de esa cumbre de la poesía que era San Juan de la Cruz, el medio fraile con el que Teresa de Jesús cambió la iglesia.
Ese concierto fue parte importante de la banda sonora de mi carrera. Animo a @rtve a recuperar ese tipo de programas.
En vuestro próxima escapada por las tierras de León os animo a hacer una parada en esta maravilla.
Créditos de la fotografía: José Antonio Gil Martínez