Nos encontramos ante un valle glaciar colmatado (cubierto de tierra) sobre el que río Aragón Subordán, como no queriendo irse nunca de allí, dibuja innumerables meandros antes de dejarse caer en forma de cascada.
A la entrada del valle podemos admirar un dolmen, testimonio mudo de que este lugar era ya único para nuestros antepasados.
Como la mayoría de los valles de este estilo, es una enorme pradera que nos permite adaptar la ruta a nuestras necesidades, cansancios y ganas de aventuras. Es más que recomendable para todas las edades, y uno de esos lugares que se quedan para siempre en la memoria.
Tocamos hoy un tema poco habitual en este vuestro blog: no la sexualidad, sino esta mirada tan poco delicada. Iba a decir “tan vulgar”, pero no podemos decir eso si hablamos de Espronceda (aunque realmente no hay certeza de si fue él el autor).
Un carajo impertérrito, que al cielo su espumante cabeza levantaba, y coños y más coños desgarraba, de blanca leche encaneciendo el suelo.
En su lascivo ardor, cual Monjibelo, nunca su seno túrjido saciaba y con violento empuje penetraba hórridos bosques de erizado pelo.
Venció a la humanidad; quedó rendida la fuerza mujeril: más él, sediento siempre, y siempre con ansia coñicida.
Leche despide, y mancha el firmamento, dejando allí su cólera esculpida del carajo en eterno monumento.
Que queremos saber quién era Monjibelo, supongo. Es un nombre por el que se conoce al volcán siciliano Etna. Y esa referencia a la mancha que deja en el firmamento es, ni más ni menos, la Vía Láctea.
No es la Copa del Rey, pero sí su precursor y origen. La Copa de la Coronación se disputó cuando Alfonso XIII alcanzó la mayoría de edad, en el año 1902.
Y gustó tanto que al año siguiente ya se disputó la primera edición de la -esta vez sí- Copa del Rey (que a rstos fue Copa de la República y también Copa del Generalísimo).
Ese primer trofeo fue ganado por el Bizcaya, combinado de los equipos Bilbao Football Club y Athletic Club.
Aquel gran espacio requería, evidentemente, de una columna para no venirse abajo. Evidentemente… para la mente de Felipe II, el rey prudente.
Y así se lo hizo saber a Juan de Herrera, el arquitecto al frente de aquella obra. Juan sostenía que no era necesaria, el prudente rey la veía imprescindible.
Así que cuando, terminada la obra, Felipe II vio la columna, sonrió con superioridad hacia su arquitecto -y amigo. Juan de Herrera le sostuvo la sonrisa, pidió una escalera, llegó a lo alto de la columna y, pasando un cartón entre ella y el techo, le demostró que no era necesaria.
“Herrera, con el Rey no se juega”, le hizo saber el monarca al arquitecto, poniendo un inolvidable colofón a la broma entre ambos.
Entre Quinto Sertorio, conocido por respetar las costumbres y usos de los pueblos que Roma conquistaba, y el tándem formado por Quinto Cecilio y Pompeyo Magno se dirimió una guerra que duró una década.
La asediada Calagurris -partidaria de Sertorio- prefirió, antes que la rendición, comerse a sus propios muertos para así atenuar un hambre que ha pasado a la historia con el adjetivo que le dio la ciudad que prefirió apoyar al que respetó sus usos y costumbres que entregar las llaves al enemigo.
Os comparto y recomiendo hoy un maravilloso vídeo, una lección de cómo enseñar -de cómo escuchar a los niños-, este testimonio de José Antonio Fernández Bravo. Un testimonio plagado de experiencias, de sorpresas y, sobre todo, de amor hacia los niños y hacia el bello trabajo de enseñar.
Esta charla forma parte de la colección de vídeos Aprendemos Juntos, de BBVA. Un auténtico tesoro a disposición de todos.
Tras haber nacido en el sobrecogedor circo glaciar de Fuente Dé, el río Deva, en su camino hacia el Cantábrico, forma este desfiladero en el macizo de Ándara.
Como siempre sucede al contemplar la naturaleza, es inevitable, necesario y sano sentirse ínfimos ante su grandeza. Desde la orilla del Deva se alzan paredes de más de 600 metros de altura.
Si visitáis -o pasáis- por aquí, os recomiendo disfrutar también de la Senda Mitológica del Monte Hozarco -Jozarcu- y del mirador de Santa Catalina, de los que ya hemos hablado en este vuestro blog. No será raro que podáis ver rebecos y buitres. Y, con suerte, algún oso pardo.
Os dejo las palabras de Benito Pérez Galdós sobre este desfiladero:
Llaman a esto “gargantas”; debiera llamarse el “esófago de la Hermida”, porque al pasarlo se siente uno tragado por la tierra. Es un paso estrecho y tortuoso entre dos paredes, cuya alta cima no alcanza a percibir la vista”.
“el rumor del río, lento, igual siempre, monótono, acompaña todo el tránsito, y se le oye como la respiración de aquel abismo, cuyos hondos pulmones mueven una y otra corriente de aire en las cañadas angostas, cual las sendas de la virtud».
Por Frobles – Trabajo propio, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=15701057
Esta novela, también conocida como Lazarillo de Tormes o, más brevemente, El Lazarillo, es una obra de mediados del siglo XVI, y es reflejo y crítica de la hipocresía de aquella sociedad.
Nos cuenta la vida, en estilo epistolar, de Lázaro, desde su nacimiento hasta su matrimonio. Y, como el título original adelanta, nos detalla sus fortunas y adversidades, con algunos pasajes que han quedado para siempre en nuestra memoria.
El autor
No sabemos quién es el autor (las investigaciones -y las sugerencias- nos han llevado a contemplar un buen puñado de autores, pero simplemente recorreremos, y muy brevemente, los dos principales candidatos):
Juan de Ortega (no el santo del cambio de milenio, sino un monje jerónimo del siglo XVI) tenía en su celda un borrador manuscrito de la obra. Es es el principal argumento, para algunos insuficiente y para otros definitivo.
Diego Hurtado de Mendoza (no el militar de la revuelta de las Germanías, sino otro coetáneo) parece ser que tenía unas cajas con documentación relacionadas con la obra o con sus correcciones. De nuevo, nada definitivo ni en un sentido ni en otro.
La obra
Nos cuenta la vida no de un arquetipo perfecto, sino de un ser humano, con sus luces y sus sombras, con su evolución propia. Con su uso de la picaresca para poder sobrevivir. Y, desde luego, nos pone de su lado, empatizando hasta el sufrimiento con sus hambres y sus golpes.
La historia es contada por el propio protagonista, recorriendo su vida de principio a fin. Os dejo el comienzo, en donde se presenta y nos cuenta su origen:
Pues sepa Vuestra Merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del río Tormes, por la cual causa tomé el sobrenombre; y fue de esta manera: mi padre, que Dios perdone, tenía cargo de proveer una molienda de una aceña que está ribera de aquel río, en la cual fue molinero más de quince años; y, estando mi madre una noche en la aceña, preñada de mí, tomóle el parto y parióme allí. De manera que con verdad me puedo decir nacido en el río.
Os dejo algunas recomendaciones relacionadas, que os ayudarán a disfrutar y conocer más esta joya de nuestra literatura. Incluyo un enlace a Amazon; si compráis ahí el libro, recibiré un pequeña comisión, pero si lo compráis en la librería de vuestro pueblo o barrio, contribuiréis al comercio local y a la vida de vuestro entorno, así que también seré muy feliz.
Incluyo también, en esas recomendaciones, un enlace al maravilloso monólogo de Rafael Álvarez, El Brujo, que espero poder disfrutar algún día en vivo. Y, finalmente, no puedo no hacer mención a la película inspirada por este monólogo, otra auténtica obra maestra, con un elenco insuperable: el propio Rafael Álvarez, Karra Elejalde, Beatriz Rico, Manuel Alexandre, Álvaro de Luna y unos cuantos más, no menos destacados.
Allí vivió el pastor francés hace más de mil años. Su nombre, camino de perfección. Su cuerpo, quemado en la guerra. Su ermita, custodiando el cañón enorme y profundo.